Salir al campo los sábados. El cerezo de mi abuelo. Las jaimas de retales de tela que montábamos en la terraza en verano, imaginando que éramos Lawrence de Arabia. Los cuentos que nos contaba mi padre para que cenáramos más rápido, logrando el efecto contrario, pues nos quedábamos extasiados. Los puestos de chucherías el día de la fiesta del colegio. El juego del “piticlin y piticlan” todos sentados en la alfombra en mi primer día de conservatorio. Cuando “La Palomo” me perdonó la vida el día que me inventé una teoría sobre los cuernos de los vikingos porque no había estudiado (siempre fui una niña con recursos). Las tonterías que regalaban todas las niñas para los cumpleaños… diarios estúpidos y cientos de botes de lápices, y a nadie se le ocurría regalar un libro. Los especiales de Nochevieja de Martes y Trece. Cuando Jaime “bateó” un sacapuntas dentro del ojo de otra niña de la clase. La obsesión de mi hermano por los dinosaurios. El día en el que una madre entró en el colegio preguntando por “La hermana Conejo” (Es que La Palomo no era mote, sería por eso…). Los Macrojuegos de los scouts, sobre todo cuando los mayores nos inducían a hacer trampas y al final quedábamos los últimos. La tarta de chocolate de mi abuela. El humo del cigarrillo de Santiago durante las clases de piano. Cumplir años 5 veces (cada uno) para que Ana María, la de inglés, nos diese chupachups. Comer de bocadillo tres días a la semana para poder ir al colegio, a inglés y a las 7 asignaturas del conservatorio y que aún así me quedase tiempo libre para mí. Mi primera vez en un teatro de verdad, a los 7 años: Don Gil de las Calzas Verdes. Cuando el profesor de natación me tiró al agua con albornoz y zapatillas para que me espabilase un poquito más. El auto de Navidad del colegio, todos los años exactamente igual, y la cantidad de conflictos entre compañeros que ocasionaba. Cuando tuve que hacer un cambio de nombre porque me empeñé en que Esther tenía que aparecer con “H” en el DNI. Las manías adquiridas de mi padre: crujirme los nudillos y echarle ketchup a la tortilla de patata (lo sé, es una aberración, pero por eso se le llama manía). El programa de Cultura Quetzal en Televisión Española, y yo diciéndole a mi madre que cuando fuera mayor iría a la selva (y mi madre no me creyó… jeje). Mi fijación por llamar “Pichi” (como el pájaro de Heidi) a todas mis mascotas. Los paseos por el parque con mi abuelo. Los veranos en Gijón. Mi convencimiento de que Velasco tocaba el piano tan bien gracias a su chaleco lleno de pines de dibujos, pero cuando se le quedó pequeño demostró que tocaba aún mejor (Aún así espero que lo siga teniendo guardado). Mi obsesión por las margaritas. Cuando con 7 años tuve que demostrarle a una monja que “el sol no sólo es un astro (como ponía en el libro de cono del medio) sino que también es una estrella (como puse yo en el examen, y me tachó la pregunta)”. Mi miedo inexplicable por los hombres con barba. La colección de alfileres que iba recogiendo mi hermano del suelo de todas las tiendas de ropa (mi madre nunca tuvo que gastar dinero en alfileres, no). Las torrijas de mi padre. La voz de Carlos Herrera en la radio por las mañanas. Cuando las monjas no me dejaban sacar algunos libros de la biblioteca del colegio porque “no eran para mi edad”… gracias a ellas descubrí la Biblioteca Pública… un palacio y… 3 libros a la vez!!! El primer Maratón de los Cuentos de Guadalajara, en 1992, con Manuell Alonso leyendo su libro La Tienda Mágica. Cuando pasé la tosferina y me curé gracias a los paseos por la sierra. Jugar a grabar programas de radio con mi hermano y con mis primas. La buhardilla de mis tíos. Los chistes de mi abuelo. La risa de mi padre.
Gracias
Hace sólo unos minutos que se fue el 26 de Febrero de 2012… Ya tengo 27 años y 4 horas…
… Después de todo este tiempo, que no lo es tanto, he aprendido que lo que hace que un momento sea feliz, no es el hecho de que esté rodeado de un halo de perfección… sino el privilegio de saber que es un regalo…
Así, el mejor regalo del día ha sido despertarme y ser consciente de que existo, y sigo viva. Esto es algo por lo que sentirse afortunada, aún más después de haber pasado algún que otro susto.
La imagen de mi abuela cantándome el cumpleaños feliz. Sonriente como no hacía desde hace muchos meses. Caminar con ella por el parque y que grite ¡Ya es primavera! Y sentir que así es, que posiblemente hoy haya sido uno de los días más bonitos del año, que el sol se cuele entre sus huesos, y que ella sea capaz de percibirlo así.
Mi madre enfrascada en la cocina, y yo picoteando de un plato a otro. Todo el amor que alguien es capaz de dar… directo al paladar. Esta vez se ha superado. Creo que ni en el mejor restaurante del mundo probaría platos tan deliciosos. Y cuando crees que ya no puede dar nada mejor… ahí está, esperándote, sonriente, dispuesta a que te lleves lo mejor de ella misma para recordarla durante toda la semana, aunque estés un poquito lejos.
La complicidad de mi padre. Los cuentos que aún sigue contándome. Su risa, y su manera de querer, desde la prudencia, sin asustar. Alberto haciéndome reír, intentando una vez más ejercer de hermano mayor, sin serlo, aunque afortunadamente ( si no, empezaría a preocuparme de veras) ya no lo consiga. Me gusta escucharle: sus consejos, sus historias para no dormir, su ilusión por la vida.
Las sorpresas y las no sorpresas de gente que ha ido pasando por mi vida. Quién da menos de lo que esperas. Quién no se aparta de su orgullo, aunque ya no tenga ningún sentido tenerlo. Los que no se dejan arrastrar por los tiempos “modernos” y no abandonan la buena costumbre de “hablar”… Cada vez quedan menos, pero nunca defraudan.
A todos… gracias por un cumpleaños… (no perfecto, por fortuna)… Feliz
A saltitos
Desde hace algunos días estoy como paralizada. Me siento junto a la ventana, y veo el mundo pasar. Los coches que dan vueltas y vueltas a la glorieta. El agua de la fuente, arriba y abajo. El autobús de la línea 147, me sé de memoria su frecuencia. La gente tan diferente que cruza de un lado a otro de la calle… no sé ya cuántas historias me habré inventado sólo con verles. No entiendo por qué, pero no puedo dejar de ser espectador de lo que me rodea. Y me fastidia un montón, porque tengo millones de artículos que leer, una tesina que empezar, y 4 sesiones por hacer para las próximas 3 semanas… pero nada, no puedo concentrarme. Una amiga me dijo el otro día que para poder “crear” hay que estar tremendamente aburrida. Quizás sea eso lo que busco. Me dan ganas de trepar por el balcón hasta la azotea y sentarme allí a mirar el cielo (Cuando había andamios, de hecho, se podía). Me apetece montarme en un tren y empezar un libro, y no bajarme hasta que no lo acabe… a ver hasta dónde puedo llegar. De tener una tarde muerta, sin cargo de conciencia por los cientos de obligaciones, para enfrentarme a mí misma, y gritarme unos cuantos acordes de Rachmaninov, y susurrarme que ya no existe el miedo al escuchar las notas que arrancan mis dedos. Quiero coleccionar de nuevo fotos de almendros en flor, como (casi) todos los febreros, pero esta vez de la mano de alguien que de verdad pueda ser sincero. Siento la necesidad de guardar mis 27 años en el bolsillo derecho, para que no se pierdan nunca, y los recuerde siempre tal y como son. Me da miedo pensar que el tiempo distorsiona algunas cosas, y a mí me gusta este número, aunque sea inquietante lo mucho que se aproxima al 30… pero supongo que cada cosa, cada período, a pesar de todo tiene su encanto.
Presiento que llega una nueva etapa. Lo huelo. Cuando me da por periodos de introspección siempre acaba llegando algo diferente. No sé si quiero que llegue o no. En parte me siento a gusto en el pequeño mundo de gominolas que me he creado en los últimos meses. Me da miedo salir, pero sé que tendré que hacerlo, porque en el fondo de mi corazón así lo deseo, y sé que no sobreviviría de esta manera mucho tiempo. Me ha dado tiempo a coger muchas fuerzas estos meses (La subidita de eutirox también ayuda, claro XD). Sonrío aún con menos esfuerzo, y voy andando por la calle a saltitos, como siempre. Eso sí, esta vez no voy a dejar que nada ni nadie me quite la ilusión por seguir viviendo mi vida.
27 años… allá voy.
Mañana de domingo raro
Hoy me han despertado los rayos de sol al colarse entre los agujeros de la contraventana de madera del balcón. Hace tiempo que pienso en arreglarla, porque desde las 9 de la mañana, la luz empieza a entrar en la habitación, y va cambiando su inclinación, hasta que a eso de las 11 da de lleno en mi cara, y ya no queda otro remedio que levantarse de la cama. Pero hoy me ha sentado incluso bien. Tenía ganas de salir a pasear por Madrid.
Los domingos por la mañana la luz de Madrid es completamente diferente a la del resto de la semana. Todavía intento averiguar la razón. La calle Fuencarral estaba cortada al tráfico, y un montón de niños jugaban con sus patines y sus bicicletas en medio del asfalto. He bajado andando hasta el rastro. La luz era tan brillante que al caminar por el sol parecía primavera. Pero por las calles en sombra volvías al día más frío de todo el invierno. Me he acercado hasta San Francisco el Grande. Tenía curiosidad por ver la cúpula por dentro. Parece mentira que después de tanto tiempo en Madrid, todavía no hubiera entrado en la basílica. He aprovechado para quedarme allí a misa, y así poder verla más despacio.
Al poco tiempo de llegar yo a la iglesia, se ha sentado en el banco de atrás del mío un chico muy extraño. Tendría algunos años más que yo. Rubio, de ojos azules, con aspecto de extranjero. Media melena, despeinado, y con entradas, y un abrigo deportivo que disimulaba su gran volumen corporal. He notado que no dejaba de lanzarme miradas. Me daba la impresión de que en cualquier momento iba a cambiarse de banco para empezar a hablar conmigo. Me estaba pareciendo cada vez más extraño, así que nada más terminar la misa, he salido rápidamente de la iglesia. Por desgracia, él también lo ha hecho. Iba solo, pero parecía estar esperando a alguien. Me he dirigido hacia la dalieda de al lado de San Francisco, para así esperar un tiempo prudencial hasta que el tipo en cuestión se marchase para comenzar mi paseo por el barrio.
Hacía un viento horroroso en el mirador, así que he descartado lo de quedarme allí. Pero al dar la vuelta sobre mis pasos, me he encontrado con que el chico misterioso de la iglesia estaba caminando hacia donde yo estaba. Definitivamente, estaba “esperándome” a mí. He dado la vuelta alrededor de la dalieda para evitarle, y casi me atropella un coche al cruzar la calle corriendo para perderle de vista. Había bastante gente por la calle, que me impedían avanzar de prisa, así que he aminorado el paso, creyéndome fuera de alcance. Decidida a empezar mi paseo fotográfico de una vez por todas, he bajado hacia la Plaza de la Paja para luego dirigirme a las Vistillas. Quería ver el viaducto a la luz del día, acordándome de una conversación bastante divertida que tuve el otro día sobre teorías inventadas acerca de dónde vienen los nombres (en concreto de Despeñaperros y de las Vistillas).
He tenido la corazonada de detenerme en el Jardín del Príncipe de Anglona. Otro de los sitios por los que siempre paso, y en los que sin embargo nunca me detengo. Seguramente en primavera todo esté muchísimo más bonito y sea un lugar muy agradable para sentarse a leer. Pero, como es lógico, hoy lo he visto totalmente desnudo de hojas, como corresponde a la época del año. Pero a pesar de eso la vista desde allí es bastante bonita, así que he sacado por fin mi cámara de fotos. No me ha cundido mucho porque, lumbreras de mí, me había olvidado de cargar la batería.
Mi sorpresa total ha sido cuando al salir del jardín he vuelto a toparme con el chico de la iglesia. ¡¡¡No puede ser!!! Estaba haciendo fotos, como haciendo tiempo. He vuelto a entrar en el jardín en estado de shock. Allí estaba, atrapada, la única salida era una puerta estrecha. Dos posibles soluciones: La primera, salir y enfrentarme a él (y enseñarle mi lado camorrista). De hecho, en parte era la que me apetecía hacer: “A ver, imbécil, ¡que me estás jodiendo el domingo! O me dejas en paz o llamo a la policía”. Y escupirle en la cara o algo así. Eso hubiera sido genial… (creo que he visto demasiadas películas) El problema es que me doblaba en volumen corporal, y a saber cómo de zumbado estaba realmente el muchacho. Así que me he inclinado por la segunda opción: fingir una conversación telefónica (o mi lado de actriz caradura). Pensaba que iba a ser más difícil, pero me he dejado envolver por el papel de quien llama a una amiga para quedar (Mariana, esto te lo tengo que contar de verdad). ¡Hasta me lo estaba creyendo yo misma! Así que he salido sin problemas del jardín, y “la conversación” me ha dado de sí hasta la bifurcación de Las Cavas, donde por el rabillo del ojo he comprobado que todavía me seguían. Definitivamente, tenía que perderme entre la gente para poder despistarle, y aunque me daba una pereza terrible entrar en el rastro, no me ha quedado otro remedio. Incluso he guardado mi boina azul para poder confundirme mejor entre el alboroto (que vaya frío he pasado).
Después de dar unas cuantas vueltas a los puestos del Cascorro, me ha parecido estar por fin libre de toda mirada y he escapado hasta el metro. Eso sí, mirando siete veces hacia detrás cada vez que doblaba una esquina, por miedo a que todavía me siguieran. Incluso he planeado una forma de escapar en el metro. Afortunadamente ya no ha sido necesario cambiar más veces de trayectoria (o al menos confío en ello). Eso sí, después de que el capullo en cuestión me fastidiara la mañana del domingo, no he tenido más remedio que ir a la pastelería de al lado de casa a compensar mi frustración con una tarta de chocolate =)
Se busca ambidiestro
Ya no sé de qué lado estoy…
Ni sé qué es lo que estoy buscando. Un poco de todo. Con el derecho me fue mal. Con el izquierdo también. ¿Es que no existen personas con colaterales?
Me gusta mucho este dibujo. Me lo mandó otra neuróloga… Y me recordó muchísimo a un trabajo que hice siendo estudiante sobre la música como una función cognitiva superior más. Me parecía maravilloso que sea casi la única función que se encuentra repartida entre ambos hemisferios cerebrales. Eso sí, lo racional, el componente rítmico, es izquierdo, mientras que la melodía, lo emocional, es derecho. Y era increíble también ver estudios de pacientes con áreas corticales dañadas que podían suplir esas funciones gracias al desarrollo de áreas circundantes, relacionadas con la música. Además, un daño hemisférico derecho no impedía que un músico interpretase perfectamente una pieza musical, al menos técnicamente, aunque ésta carecía totalmente de un sentido melódico que le permitiera emocionar y emocionarse con ella.
No sé, las funciones superiores son tremendamente complejas. Pero llama la atención cómo existe gente con una predominancia de razón frente a lo que llaman “corazón”… ¿estará el corazón en el hemisferio derecho del cerebro? ¿Habrá zurdos y diestros, “cerebralmente” hablando? Desde luego, hay pocos ambidiestros… Estoy harta de extremos, así que… ¡¡Se busca!!
En fin… “bostezos” y tonterías pre-guardia…
La Reina de las Nieves
Hoy he pasado gran parte de la tarde hojeando libros de mi estantería. Tengo la curiosa manía de comprar todos los libros que he leído alguna vez en mi vida (o al menos los más importantes), bien prestados de amigos, o de alguna biblioteca, para así poder tenerlos al alcance de mi mano en cualquier momento. Hay quien dice que esa manía se terminará en cuanto me pase al formato electrónico. Lo dudo bastante. Un libro electrónico no contiene las huellas de sus anteriores lectores. No tiene fechas escritas, ni dedicatorias. No contiene flores secas, o postales conmemorativas señalando una página importante. No huele al lugar donde lo leyó su anterior dueño. Y es que casi todos mis libros están rescatados de librerías de segunda mano, y están llenos de acotaciones al margen, y fragmentos subrayados (algunos también por mí).
Una de las últimas adquisiciones a mi pequeña (cada vez menos) colección fue en el mes de septiembre. Por aquella época yo andaba dándole vueltas a ciertos temas, sin tener nada demasiado claro, lo cual me estaba embebiendo en una espiral de desazón. Una tarde me escapé de mis “obligaciones” estudiantiles y personales y me lancé a callejear por sitios desconocidos para mí hasta entonces. Al cruzar una esquina de Malasaña me encontré de pronto con un cartel en una tiendita en el que se leía: “Libros para un mundo mejor”. Me vi en la obligación de entrar, por supuesto. Es una librería pequeña, con todo tipo de libros, más o menos usados, aunque no excesivamente baratos. Últimamente me he hecho más o menos asidua, la última vez el dueño me preguntó si era periodista o algo parecido, lo cual me sacó los colores, y acabó regalándome un libro a parte de los que ya me llevaba. Le conté que la primera vez que había entrado en su tienda había comprado un libro muy especial, y que por eso tenía especial cariño a su local. No sé por qué razón hay libros que parece que nos esperan agazapados en un rincón para salir a nuestro encuentro en el momento en que más los necesitamos. Tengo ese problema. Nunca entro en una librería o en una biblioteca con una idea concreta (al menos casi siempre es así). Paseo lentamente entre las estanterías. A veces voy rozando los lomos de los libros con mis dedos. Mis ojos se detienen en muchos títulos: unos los conozco, y me hacen sonreír. Otros me dan náuseas. Otros no me inspiran ningún interés. Y hay algunos que por alguna extraña razón tienen luz propia, o están descolocados de su estante, y me llaman… ¡¡fíjate en mí!!
Eso fue lo que me ocurrió con La Reina de las Nieves de Carmen Martín Gaite. Estaba descolocado en un extremo del estante de arriba. Si no hubiera estado fuera de su sitio probablemente no lo hubiera visto. Pero lo hice. Y lo cogí. Me dispuse a leer la primera página, como suelo hacer habitualmente… “Casi todas las tardes, a la caída del sol, la señora de la Quinta Blanca salía a dar un paseo hasta el faro…” La primera frase ya prometía. La autora lo avalaba, y el título sacado de un cuento clásico me hizo desearlo con todas mis fuerzas. Fue inevitable. Amor a primera vista.
En el cuento de Andersen, una noche, el espejo mágico fabricado por los diablos se rompió en pedazos tan pequeños como partículas de polvo que volaron por la atmósfera y se extendieron por todo el mundo. Y una de aquellas partículas se le metió en el ojo a Kay… A Leonardo, el protagonista del libro, también le había entrado un cristalito en el ojo. Y a medida que yo me adentraba en el libro me iba dando cuenta de que también a mí se me había metido un trocito de hielo en el ojo, que me impedía ver con claridad. Creo que hubo momentos en los que me sentí dentro del libro, y me imaginaba correteando por los acantilados junto al faro. Lloré muchas veces con este libro entre mis manos (hay páginas que lo demuestran… ¿veis qué decía al principio?), y poco a poco se fue derritiendo ese trocito de hielo, y empecé a ver menos borroso. Cosas muy importantes sucedieron durante el desenlace de este libro. No sé si la historia tuvo algo que ver, pero el caso es que ambos terminaron como tenían que terminar.
Supongo que es estúpido decir que fue el libro el que me dio valor para elegir un desenlace. Probablemente hubiera sucedido de la misma manera en cualquier caso. Pero es romántico pensar que las casualidades, o el destino, quisieron que se interpusiera en mi camino en un momento tan apropiado. Es como todas las cosas… sin ser supersticiosos… podemos interpretarlas como son… o rodearlas de una bonita historia
Por el cambio…
No creo que haya mucha gente que lea mis “pequeñas chorradas” a parte de los que ya me conocéis, así que supongo que todo el mundo sabe ya que soy médico residente, y que llevo unas semanas muy, pero que muy enfadada. ¿Y por qué estoy enfadada? Minipunto negativo, ¿es que no veis la televisión? Corrijo, porque yo tampoco la veo ¿Es que no veis las noticias? ¿No leeis los periódicos? ¿No me veis toooooooodo el día publicando enlaces en facebook? No es que de repente me haya vuelto sindicalista. Para nada, me sigo considerando al margen, políticamente hablando, pero eso no quiere decir que no defienda mis derechos. Para el que siga sin saber de qué va el tema, resumo: la comunidad de Madrid ha decretado que, desde el pasado día 1 de enero de 2012, todos los funcionarios de la comunidad deben aumentar su jornada laboral a 37,5 horas semanales. Hasta ahí vamos bien. ¿Cómo se va a aplicar esto en el sector sanitario, más concretamente, en médicos? Pues sumando todas esas horas y haciendo que los sábados sean “días laborables”, de esta manera, supuestamente, se disminuyen costes y se aumenta la productividad. Suena bonito, verdad? No lo es tanto cuando aclaramos que, lo único que esto implica en realidad es que durante las guardias de los sábados trabajaremos 24 horas de festivo, y cobraremos 17 de laborable. Ni se van a citar pacientes en las consultas los sábados, ni se van a hacer pruebas diagnósticas, ni nada de nada.
El que quiera saber más del tema, puede buscar en internet, que hay miles de enlaces al respecto. Creo que discutir más sobre lo mismo no tiene mucho sentido, y yo ya he protestado bastante a través de otros medios. No es para publicitar la huelga de residentes para lo que escribo esto (bueno, un poquito sí, jeje)
Hace ya bastantes meses, solía discutir mucho con cierta persona acerca de sus condiciones laborales. Se quejaba porque trabajaba casi trece horas diarias, cobrando un sueldo poco más que de mileurista. Desgraciadamente, no es un caso aislado… hay tanta gente en las mismas circunstancias, con estudios superiores, másters, doctorados… Esta persona solía llamarme privilegiada, porque tengo un trabajo fijo, de 8 horas diarias, cobro poco más de 1500 euros (una fortuna, vamos) y puedo disfrutar de tardes libres (hay gente que las 5 guardias al mes, los otros 5 días reponiéndome de ellas, las horas regaladas para atender en las mejores condiciones a todos los pacientes, y tardes enteras de estudio, no las considera trabajo). Yo siempre le contestaba que yo no soy privilegiada… yo me he ganado lo que tengo: 6 años de carrera, y un año de preparar una oposición… para conseguir un contrato de formación! y si además tenemos en cuenta que en dos años y medio el sistema me expulsará y acabaré en el paro… no, no soy una privilegiada. Digamos que me lo estoy currando un montón.
No hay nada que me fastidie más en el mundo que la gente que se lamenta de su triste situación y no hace nada por cambiarla. Hemos llegado a un punto en nuestra sociedad en que se da por hecho que ciertas cosas son normales. Es normal que la gente trabaje 4 horas más cada día de las que le pagan, que los licenciados cobren mil euros al mes, y los fontaneros cobren 200 euros por una chapuza sin declarar ni un euro de impuestos. Es normal que tu jefe te pueda manejar como una marioneta, y que en cuanto te muevas un milímetro él pueda impunemente tirar de los hilos y estrangularte. ¿Sabéis qué os digo? Que a mí no me parece normal. No me parece normal que haya personas que tengan miedo a moverse y buscar algo mejor por miedo a las represalias. Creo firmemente que el que tiene potencial de mejorar y no lo utiliza, se merece todo lo que tiene, y no tiene derecho a quejarse. Puede que no tengas suerte, y por mucho que busques otro trabajo mejor (o simplemente, un trabajo), no lo encuentres… pero para eso ¡tienes que ponerte a buscar! No me parece normal tampoco escuchar a gente por ahí que diga que lo que tiene que hacer el gobierno es bajarle el sueldo y recortarle las libertades a los funcionarios. Yo me planteo… ¿Por qué no es al revés? ¿Por qué no se mejoran las condiciones laborales de los trabajadores de las empresas privadas? ¿No sería más lógico que fuésemos hacia una situación mejor entre todos? ¿Por qué todo el mundo se empeña en destruir a los funcionarios? ¿Es que acaso no se dan cuenta de que lo que da estabilidad a un país son los trabajadores públicos? Una persona que no va y viene de un lado para otro según el partido político que gobierne, precisamente porque no se la puede echar para “enchufar” a otro, porque no se la puede destruir con el “tú no tienes mis ideas, y te despido”, porque no está influenciada por unas ideas, simplemente trabaja por un país…
Decía que no hay nada que me siente peor que la gente que se queja y no hace nada por salir del hoyo. Supongo que pensarán que para eso está el resto, para movilizarse. Y como mucho se esconden en una colectividad. Lo que no se dan cuenta es de que el conjunto no existe si todo el mundo escurre el bulto. Nadie quiere que le vean, para que no le señalen con el dedo. Y es que deberíamos estar todos señalados. Lo interesante del movimiento 15-M fue que se consiguió esa colectividad… lo malo es que al final se quedó en agua de borrajas, como casi todo. Somos así. No sé si es algo propio de los españoles, pero pensamos mucho en nosotros mismos, y poco en los demás. Bueno, hay quien ni siquiera piensa en sí mismo, y se comporta como un zombie, sin mover la cabeza cuando le reprenden. Cada uno debe salvarse a sí mismo, pero sin dejar de apoyarse y de ayudar a los demás. Estamos en crisis, es verdad. Pero eso no es una razón para que coarten nuestras libertades individuales. Si hay que trabajar por levantar este país, trabajaremos, pero no podemos permitir que aplasten nuestros derechos.
Estos días se ha hablado mucho sobre la huelga de residentes del día 26 de enero. He escuchado a mucha gente clamar justicia, pero muy pocos se han movido en realidad. Cada uno en la medida de lo que pueda, pero no podemos dejarnos de lado los unos a los otros. Tenemos que estar todos juntos, a una, o no servirá absolutamente de nada. Yo no estoy dispuesta a que me aplasten… ¿Y tú?
La maldición de la letra J
Necesito desahogarme. Antes de ponerme a escribir, me siento en la necesidad de declarar que no soy y nunca he sido una persona supersticiosa. Pero es que he llegado a un punto en el que no puedo hacer otra cosa que empezar a mosquearme. Me explico. Érase una vez… Yo tenía unos 10 años, era una niña buena que nunca había roto un plato, o al menos pretendía que así pareciera, iba a mis clases de piano, de inglés, de bailes regionales… (por cierto, super aburrido bailar jotas, muchísimo mejor el fox-trot). Y fue en una de esas clasecitas de inglés en las que se aprende de todo menos inglés, una tarde de finales de octubre la profesora nos explicó que existía una leyenda que decía que si durante el día de Halloween pelabas una manzana (no, no podía ser otra fruta, ¿O es que Blancanieves sería la misma si se hubiera comido una naranja en vez de una manzana envenenada?) de una sola vez, sin que se rompiera, y lanzabas la piel hacia atrás, por encima de tu hombro izquierdo, la cáscara de la manzana caería al suelo dibujando la inicial del nombre de tu gran amor. Por supuesto esto sólo funcionaba si creías fervientemente en que esa leyenda es verdad…
Dio la casualidad que aquel 31 de diciembre mi madre me colocó de postre una manzana. A mí nunca me ha emocionado la fruta demasiado, pero con la tontería que me habían contado en clase de inglés el día anterior (Yo es que siempre fui una niña bastante escéptica) le puse más empeño y probé a ver si no se me rompía la piel de la manzana al pelarla, y en un momento de descuido de mi madre (si me hubiera visto jamás hubiera reconocido que estaba haciendo semejante sandez) lancé la piel de la manzana hacia atrás por encima de mi hombro izquierdo.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡Ruido de truenos y relámpagos!!!!!!!! (Para dar emoción y tal)
Miré con curiosidad a ver qué me deparaba el destino, y descubrí con sorpresa que al caer, la piel se había partido en dos trozos. El primero dibujaba “clarísimamente” una letra J. El segundo trozo nunca llegué a saber con certeza si se parecía a una G o a una C… ¡¡¡¡¡Vaya chorrada!!!!! ¿Pero eso qué es? ¿Nombre y apellido? Y rápidamente tiré los trozos a la basura.
Reíros, reíros… y con toda la razón. Pero resultó que el primer niño que me gustó, pero que me gustó de verdad (anda que no ha llovido)… se llamaba Jesús. Apareció la J. Casualidad, diréis… pues sí, claro. Y crecí, y me hice mayor (no tanto, que yo aún soy una jovencita) y prácticamente todos los chicos que me gustaron alguna vez tenían un nombre que empezaba por G o por J… Y llegó mi primer amor… ¿Y cuales eran sus iniciales? Pues J. G. Por aquel entonces me acordé del incidente de la piel de manzana. Y pensé… qué tierno, se ha cumplido el destino (Esas cosas que dice una cuando se enamora). Pero aquello no cuajó, y hubo más… ¿Que me gusta alguien? ¿Empieza por J? ¡¡¡Casi seguro!!! Y mis otras relaciones???? Todas por J. o J. G… Pero si incluso cuando vi Crepúsculo (no sé cómo puñetas he podido engancharme a ese bodrio) a mí no me gustaba el vampiro, me gustaba el hombre lobo… claro, porque se llama Jacob!!!!! (Eso no lo había pensado hasta este momento, lo juro)
… Afortunadamente, también me gustan muchísimo otras cosas que empiezan por J… Mi gran pasión, el Jamón serrano, especialmente si es de Jabugo. El Jazz, el aroma a Jazmín… y otras muchas cosas que llevan inmersa una J: las carcaJadas, las torriJas, viaJar, calleJear, hoJear libros…
Espeluznante, ¿verdad? No tengo más que decir. Tampoco creo que deba tomármelo como un “estoy condenada”… supongo que es más bien “resignada”. Y lo prometo, no lo pienso, es sólo después cuando me doy cuenta… ¡¡¡¡Otra vez con J!!!!! Arggggggggggggggggghhhhhhhh!!!!!!!!
Berlín
Berlín. Nos bebimos la lluvia que caía a través de las hojas del Tiegarten, de los árboles de Navidad. Nos atravesó el viento helado al cruzar Alexanderplatz, y que hacía girar los “molinos” de madera de los mercados. Nos ensombrecieron todos los retazos de historia con los que uno se tropieza en esa ciudad. Historias tristes que se recordarán para siempre, y que seguirán borrando la sonrisa del rostro a muchos, durante bastante tiempo… Recorrimos los varios cientos de kilómetros de muro, que durante muchos años separó familias, amantes, amigos, ideas… y que hoy nos hace reflexionar con dibujos de cientos de colores, ensalzando la libertad. Nos perdimos entre más de dos mil bloques de cemento, que recuerdan a los que murieron simplemente por ser quienes eran, asfixiándonos en el aire viciado, que impide ver más allá y entender a qué te enfrentas… sólo ideas… y no hay nada más fuerte que eso. Vagamos por calles, cementerios, sinagogas. Calles casi desiertas entre bloques comunistas. Fotografiamos graffitis. Recordé buenos tiempos bebiendo Kingfisher en un restaurante indio, pero terminamos aclarando ideas con Berliner Pilsner. Nos congelamos de frío, pero luchamos contra él con glühwein servido en tazas de colores. Me quedé a vivir entre dos unicornios de alguna puerta de Babilonia, aunque los del museo de Pérgamo nunca lo sabrán. Coleccionamos norias y tiovivos desde 2000 metros de altura. Desgasté un par de botas de tanto caminar y caminar. Nos quedamos sin entender la diferencia entre las S y las U de los trenes. Alcancé la felicidad absoluta al escuchar a Schubert en la Filarmónica hasta el punto de replantearme por qué hace once años elegí medicina y no piano… Vimos amanecer desde la cúpula del Reichstag. Escuchamos villancicos repetidamente en el Sony Center.
Pero sobre todo, por encima de todas las cosas…
fortalecimos nuestra amistad… gracias, chicas
La Hija del Mar
Cuando te miro ya no hay vida detrás de tus ojos. Nadie sabe en qué lejano reino pasean tus pensamientos; si es que todavía piensas en algo… eso nadie lo puede saber. Pero lo que sí sé es que puedes sentir… Callas todo el tiempo, con las arrugas tristes, y sólo reaccionas a los besos que te damos. No sabes quién soy, pero te alegras al ver mi cara cada vez que asomo por la puerta, y me llamas “Reina de mi corazón”, y me bautizas con ese nuevo nombre, pues no recuerdas el mío. ¿Y el tuyo? Te digo que tienes nombre oceánico, y me lo dices al instante, aunque hayas olvidado que en el colegio te coronaron Hija del Mar, en aquella obra de Rosalía de Castro. Ya ni siquiera abrazas a esos dos ositos de peluche polacos, él Alberto, y ella Esther, con la esperanza de grabar en tu memoria un día más los nombres de esos niños que tanto abrazaste.
Ella llora muchas noches. Sé que no puedes hacer nada, y ella tampoco. Sólo podemos seguir queriéndonos mucho. Has dejado de comer, y a veces hasta las insultas a ellas, como queriendo hacer tu propia revolución, pero nunca te dejan, ni un sólo día. Estás muy triste, cada día más y más, y lo más duro es que no entiendes la razón. Sabes que te falta algo, aunque no qué, y te sientes muy sola aunque no lo estés. Te falta la mitad de tu vida… Él nunca se movió de tu lado, nunca dejó de nombrarte en sus sueños, y ahora tu alma quiere escapar para ir con él.
De nuevo, nos comunicamos con cuentos, aunque ahora soy yo quien te los cuenta a ti… Me gusta cuando me preguntas, sin apenas entender, y veo en tus ojos que, sin saberlo, aún recuerdas a los 3 cerditos, y es por eso por lo que sonríes. Pero después los vuelves a olvidar. Te doy besos, te enseño mis uñas pintadas… “como tú de joven”, digo, y te ríes y me piropeas, “Es que me parezco a mi abuela en casi todo”, y me pones caras de humildad forzada y no me queda más que reírme contigo y decirte una y otra vez lo mucho que te quiero, lo mucho que te queremos todos; y tengo que esconder esa lagrimita a la que tengo tendencia… Yo te cuento cuentos y tú a mí poesías… parece mentira que a pesar de todo siga en tu memoria ese trocito de Rosalía de Castro, de la Hija del Mar.
http://www.goear.com/listen/803f7cc/rosa-y-manuel-andres-suarez






