Lovely Yellow Lilies

Después de dos meses y medio en Nueva York, el frío ha llegado por fin. Frío del de verdad por cierto, que me lo digan a mí que soy castellana. Hoy he salido a pasear con la cámara de fotos, pero apenas me atrevía a sacar los dedos de los guantes para ajustar los parámetros… Me temo que ha llegado el momento de dejar de sentir a través de una lente, y hacerlo de nuevo con palabras. Una cuestión práctica, nada más.

En Nueva York he aprendido una cosa muy importante: a estar sola. Es decir, ya sabía estar sola… pero ahora sé que prefiero la soledad antes que una compañía mediocre. Caminar sin rumbo fijo cámara en mano es tremendamente útil, sobre todo cuando eres de esas personas a las que les gusta pararse en todas partes, sonreír por todos los detalles curiosos que ven al pasar, dar vueltas sobre uno mismo cuando les envuelve un remolino de viento, sentarse en un sitio discreto sólo a mirar y tratar de inventar historias sobre la gente que pasa, o adivinar detalles de cómo serán esas personas en realidad simplemente por su ropa, y la forma en la que gesticulan. Llevar una cámara de fotos encima contribuye a dar una sensación de normalidad… “sólo está haciendo fotos”, pensarán… de otra manera parecería que estoy loca de remate.

En cualquier caso, a lo largo de mi vida siempre he tenido la necesidad de sacar lo que llevo dentro, da igual la vía de escape: escribiendo, haciendo fotos, dibujando, tocando el piano… o hablando con alguien que merezca la pena. Así que da igual cual, pero siempre estoy a la búsqueda de una de ellas. Por eso hay meses que pasan sin escribir ni una sola frase, porque por fortuna tengo a mi lado a una persona maravillosa, así que contarme las cosas a mí misma con fotos o palabras puede ser incluso redundante. Pero como decía, ahora vivo en una ciudad tremendamente grande, y sin embargo me siento sola… A lo largo de mi vida me ha frustrado terriblemente no poder hacer determinadas cosas por no tener a nadie con quien hacerlas. Soy demasiado sociable, no poder hablar con nadie me da auténtico pavor. Y sin embargo aquí he alcanzado el equilibrio. Puede que esta estabilidad ya viniera de antes, pero hasta ahora no había tenido ocasión de experimentarla.

No voy a contar mis desdichas sociales del pasado, ni voy a enumerar todas las personas de las cuales me he fiado y que sin embargo (aún hoy) me han decepcionado. Esas experiencias me han llevado, no a desconfiar de la gente (no sé si para bien o para mal, todas las personas merecen una oportunidad), sino a desarrollar un olfato especial para conocer a las personas. No es nada que me invente, sino que he aprendido a fijarme en los detalles. Por supuesto a veces me equivoco, pero en general detecto cuándo alguien me miente, si una simpatía es forzada, o si algo se esconde detrás de determinado comportamiento o afirmación. Aunque lo diga tan alegremente no es magia ni nada de eso, muchas veces es sólo un sentimiento interno que me dice que algo no cuadra, lo que me lleva a un análisis posterior. Simplemente se me da bien observar.

He conocido a mucha, mucha gente en el tiempo que llevo aquí, la mayoría me pareció realmente simpática. En mi afán por hacer vida social, las primeras semanas solía pedir el número de teléfono a todas las personas que conocía. Todos parecían muy amigos unos de otros, y en seguida prometían llamarme para ir a esta o aquella fiesta. Pronto me percaté que todos esos amigos apenas se conocían entre sí. Que sólo se llamaban para obtener algo los unos de los otros. Pensaba que esa era una situación que no solía darse en españoles, pero he tenido que venir a esta ciudad para desengañarme. Las relaciones aquí son intensas, numerosas y sobre todo… frías. Lo siento, pero yo no soy así. Seré una radical, pero yo soy de las del todo o nada. Soy una persona intensa, y necesito algo más que un colega con el que quedar para salir de fiesta. De hecho cuando salgo y me rodeo de gente tan vacía me aburro tremendamente.

Así que salir a pasear sola es una opción maravillosa cuando no hay nadie al lado que merezca la pena. Sobre todo teniendo en cuenta que me lo paso bomba hablando conmigo misma (además últimamente tengo una especie de desdoblamiento de personalidad y me hablo en español y en inglés a la vez, lo cual lo hace mucho más interesante). Es lo bueno de tener tanta imaginación desde pequeñita. Pero es que cada vez estoy más de acuerdo con esa frase que me decía tanto mi madre “más vale solo que mal acompañado”, qué le vamos a hacer, soy más de calidad que de cantidad.

A pesar de todo, de que la mayoría de las relaciones personales me parecen tan frías, tengo que decir que me llevo más de una amistad de las buenas. Aquí, como en todas partes, los amigos se cuentan con los dedos de una mano, pero son los que hacen que la vida merezca tanto la pena. Una ciudad es más que todos los edificios, una ciudad son las personas que la habitan. Así que muchas gracias a esas contadas pero valiosas personitas que han hecho que Nueva York se quede para siempre en mi corazón. Imagen

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One response to “Lovely Yellow Lilies

  1. Cuánta razón tienes. Aunque en el fondo es algo que nos esperamos de una ciudad así, uno no se da realmente cuenta de lo que supone hasta que vive unos meses en la capital del mundo.

    Mis impresiones fueron parecidas. Gente que se mueve por sus propios intereses; encuentros que tienen una hora y lugar bien definidos, normalmente compartiendo una comida/cena para no perder el tiempo, pero sin un propósito claro; dependencia absoluta del reloj y el smartphone, y con la agenda a mano porque estoy ocupado hasta dentro de dos fines de semana; calles hechas para andar corriendo porque si no hay que pararse en uno de cada dos semáforos, con el fastidio que es quedarse ahí quieto mirando las caras perdidas de los de enfrente que aún siguen en su trabajo.

    En fin, como experiencia está genial, pero… ¿te quedarías más de estos tres meses?.

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