Lost in Translation

La noche me devuelve el placer de la eternidad. Las ideas se entremezclan con los sueños, y tengo vuelos límbicos. Quedan horas hasta el próximo sol. La ciudad huele diferente a estas horas. Todavía se respira el aroma de los abetos de Navidad que venden en las calles de Nueva York. Esa resina triste con sabor a concierto, que oprime el pecho. Que se pierde con el olor a café de la mañana.

La noche es para los gatos, que pasean despiertos exhibiendo su oscuridad, cantándole a la luna sin miedo a desafinar. Compitiendo por su insomnio, quién sabe por qué pensamientos. Cuando oscurece sale jazz de sus gargantas. Miran al cielo buscando respuestas, pero aún no han decidido las preguntas.

La noche son rascacielos y luces de neón. Un daiquiri con vistas a Manhattan. Un trabalenguas de alcohol y de miradas, difícil averiguar si de deseo o de soledad. Esperar la mañana siguiente y a la vez odiar su curiosidad.

La noche no es de palabras, es de susurros que nunca entenderemos. No es de finales, es de historias suspendidas en el tiempo, que son, pero que nunca ocurren y desaparecen, quedando sólo en la memoria.

Algunas ciudades son tan especiales por los recuerdos que nos dejan sus noches. Me quema Nueva York, pero definitivamente adoro Madrid.

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