Exilio

La próxima semana se cumplen 7 meses desde que me marché. Dejé Madrid. Quién lo hubiera imaginado, no digo meses, sino días antes de recibir esa propuesta por mail. Es trabajo. Experiencia. Es lo que quería, trabajar de lo mío. Me autoconvencía entre lágrimas que no vivir en una gran ciudad como Mi Madrid, o al menos a una distancia de ida y vuelta en una tarde, era otra opción de vida. Tomé la decisión de un día para otro, y en menos de una semana me trasladé y cambié de vida. Dejé atrás a los que más quiero, de lunes a viernes, es cierto, pero atrás al fin y al cabo. Intentando no pensar en todas las ideas que había ido formando en mi cabeza sobre lo que sería mi futuro, sino construirlo yo misma, directamente, sobre la marcha. Y sobre la marcha he dado algunas vueltas, y he descubierto diferentes realidades que en mi burbuja de protección no existían.

He conocido lo que es la “otra España”. Esa que no se ve en las grandes ciudades, ni sale en las noticias porque no da juego. Al fin y al cabo todo el mundo cambia de canal el televisor cuando empiezan los informativos territoriales. A casi nadie le importa toda esa España apartada de los grandes núcleos de población, rural. En esos lugares la vida sucede a otro ritmo, se da importancia a otras cosas. La vida pasa despacio, sin demasiado que hacer. Vino o melancolía. Esas son algunas de las salidas que se ven más frecuentemente de lo que gustaría. Y lo entiendo. Yo misma me aburro profundamente aquí sola, y eso que siempre encuentro alguna ocupación. Afortunadamente no me ha dado ni por el vino ni por deprimirme (al menos todavía).

España es un país desarrollado. Es una afirmación trampa. Todo el mundo tiene derecho y acceso a la educación. La escolarización al menos hasta los 12 ó 13 años es la norma. Sin embargo hay lugares en los que no es necesario sujetar un lapicero entre los dedos nunca más desde que se acaba la escuela. Algunas personas nunca han sentido la necesidad de escribir, o leer, ni siquiera de dibujar aunque sea “una casita con un sol”. Y treinta años después de dejar el colegio no recuerdan nada de lo que aprendieron. Entregas un informe médico con pautas que probablemente nadie va a leer (confías en que el farmacéutico sí lo haga). Explicas cinco veces un diagnóstico y su tratamiento, dibujitos incluidos, y tres meses después descubres que no sirvió de mucho. Para mí esto ha sido un concepto nuevo, algo que nunca podría haber imaginado en mi entorno anterior. El analfabetismo existe, y no es infrecuente. Este hecho en concreto me ha llevado a reinventarme en la forma de trabajar. Me ha costado mi esfuerzo aceptarlo, pero es algo difícil de cambiar.

El otro punto que más me ha desconcertado es que cuanto más aislado esté un lugar, más insignificante es para los que están por encima. Lo que es pequeño no cuenta, no suele aparecer en estadísticas. En este mundo cada vez importan más los números y menos las personas. El que consigue llegar a lo más alto se olvida de los que empiezan. Todo el mundo debería tener las mismas posibilidades, independientemente del sitio donde resida. Pero no es así. Los recursos no son los mismos en todas partes. Es cierto que no tiene sentido que haya grandes hospitales en todos los pueblos de España, ni universidades en cada provincia. Se trata de repartir lo que se tiene de manera lógica y equitativa, crear pautas de actuación, guías clínicas, facilitar el acceso para que lo que es de todos llegue efectivamente a todos, no sólo a los que viven en un lugar privilegiado. Pero claro, eso supone trabajar duro por unas personas que ni siquiera conoces. Además, compartir implica quitarte un poco de ti mismo para darlo a los demás. Si encima hay dinero de por medio y alguna persona poco deseable que se cruza en tu camino, se crea el cóctel perfecto. Las comunidades autónomas son reinos de taifas, tanto para la sanidad como para la educación. Pero ya no es sólo eso, ahora la división no es entre comunidades, es entre provincias, incluso dentro de las mismas provincias. Áreas de gestión. Dinero al fin y al cabo. Partes subcentimétricas de un todo que debiera estar unido. Así nunca podremos competir con eso que predicamos que somos. Un país desarrollado.

Por cierto, me muero de ganas de volver al mundo desarrollado de la gran ciudad.

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