Adiós Casillas, nuestra realidad social

No me gusta el fútbol, pero he aprendido a convivir con él. En mi casa nunca nadie tuvo la inquietud de pasar el rato viendo ese deporte. Tampoco jugándolo en el parque. Ninguno hemos sido de ningún equipo, cambiábamos de canal cada vez que en el telediario empezaba la sección de deportes, y mirábamos con estupor a mi tío, madridista de pura cepa, cada vez que le gritaba a la pantalla de la televisión mientras celebrábamos algún evento un sábado por la noche. Aún voy más allá, ninguno de mis amigos ha tenido gustos futbolísticos, por lo que podría decirse que he pasado 27 años de mi vida futbolísticamente virgen, y feliz. Pero resultó que conocí a mi hombre ideal, que lo único que no tenía de ideal es que tenía como primer mandamiento “amarás al fútbol sobre todas las cosas y al Real Madrid como a ti mismo”. Así que podéis suponer mi gran esfuerzo de adaptación. Creo que ya me he acostumbrado, aunque sigo teniendo esperanzas de que nuestros futuros hijos tengan más afición por el violoncelo que por un balón… soñar es gratis.

En estos algo más de tres años desde que perdí la virginidad con el fútbol he llegado a dos grandes conclusiones: si te gusta el fútbol normalmente le caes mejor a la gente que acabas de conocer, si alguien te pregunta de qué equipo eres, o si viste el partido del sábado, y contestas que te da lo mismo, que hay otros temas de actualidad que te parecen infinitamente más interesantes que ese, probablemente no vuelva a dirigirte la palabra. La segunda conclusión es que el fútbol es un reflejo totalmente fiel de lo que es la sociedad, y por tanto, va acorde a cada época.

Desde que el fútbol se coló en mi casa estoy bastante al tanto de los partidos que hay cada semana, los puntos, quién juega, quién se lesiona, los fichajes, los líos amorosos, las críticas, etc. Es un mundo en miniatura, donde se puede opinar libremente, sin necesidad de grandes conocimientos (algo que a los españoles en general nos encanta), donde lo que digamos no va a tener una repercusión social, por ejemplo, en un ambiente laboral no es lo mismo criticar al Barça que criticar al PP; en el primer caso, aunque no estemos de acuerdo en nuestra forma de pensar, probablemente nos echemos unas risas sobre lo distinto que pensamos mientras nos tomamos un café a media mañana. En el segundo supuesto, puede ocasionar un descenso de categoría, paralizar un ascenso, o incluso un despido si nuestros superiores opinan de forma diferente a la nuestra. Así que el fútbol es una forma de poner verdes a unos y otros, discutir, y hablar libremente sin miedo a represalias.

El problema de esto último es que en medio de este griterío futbolístico, y aunque nos parezca difícil reconocerlo, hay personas. Los jugadores, entrenadores, presidentes… son personas. Con sus familias. Con sus sueños. Con sus errores y limitaciones. Como nosotros. Claro que ellos cobran miles de millones de euros, y por eso “no deberían tener derecho a equivocarse”.  No puedo verlo así. No entiendo que daba verse así. Todo el mundo se equivoca, si no no seríamos seres humanos. Pero es una cuestión de dinero, ¿tiene más valor el trabajo de un futbolista que el de un abogado, un médico o un maestro? Sinceramente, no lo creo, y me hierve la sangre cada vez que oigo hablar de lo que se ha ahorrado el Barça fichando a Messi por chorrecientos millones de euros. Mientras tanto hay gente a la que la desahucian de sus casas, niños que necesitan ayuda de comedores sociales, jóvenes que no tienen acceso a estudios universitarios por falta de becas. Pero no importa porque hablar de nuestro “micromundo” llamado fútbol nos evade de todos esos problemas reales, por eso no nos rechina que haya todo ese dinero etéreo de por medio. Tampoco nos preocupa que nuestras palabras afecten a esas personas que viven del fútbol. “Ya no juega como antes, no nos sirve”. Ese reflejo social de que cuando algo se queda obsoleto lo tiro a la basura: sea un móvil, un vestido, o por supuesto una persona. No importa todo lo que haya aportado antes, en este mundo de tecnología en el que todo queda grabado y almacenado en algún lugar de internet, nadie tiene tiempo de sacar todo eso de un rincón olvidado.

Por eso hoy me ha dado tantísima pena escuchar la despedida de Iker Casillas del Real Madrid. Solo y lloroso. Intentando recordarnos que es una persona. Mientras fue el mejor, tantos años, era un héroe nacional, el mejor ejemplo a seguir, el modelo al que cualquier niño o joven quiere aspirar. Cada temporada se superaba más y más, era imparable. Luego llegó a una estabilidad, probablemente alcanzó todo lo que podía dar, y el público comenzó a aburrirse: se daba por hecho que tenía que ser así, siempre. Se hablaba menos de él porque era obvio que iba a darlo todo en cada partido, al mismo nivel que siempre. Ese chico simpático que salió de la cantera del Madrid, que la gente idealizó por ser una Persona capaz de llegar tan alto, pero que estando en la cumbre se convirtió en un dios, y los dioses nunca fallan. Quizá él nunca se sintió así, probablemente siempre se viera como la misma persona de siempre, que se esforzó para llegar allí. Pero nadie supo entender que lo que a uno le hace grande son esas “bajadas”, los fallos, las inseguridades, que normalmente se reflejan en forma de una subida todavía mayor. No sé si Casillas florecerá aún más en el Oporto, lo que está claro es que su equipo no le ha ayudado a superar esa crisis, quizás de identidad, personal o profesional, da lo mismo. Lo han tirado a la basura. Lo hemos tirado entre todos. Siempre he dicho que nuestra mayor crisis no es económica, sino que es una crisis de valores. He aquí una prueba más. Iker, espero que seas más feliz en el Oporto, y que te valoren como la persona que eres.

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